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La biblioteca. Walsh en San Cristóbal
25 de marzo de 1977: Rodolfo Walsh busca un buzón de correos en Plaza Constitución. Camina por la calle de igual nombre. Llega hasta la avenida Entre Ríos. Trece horas: tiene tiempo (ese hilo viejo y podrido). Palpa el arma, cruza y entra a la dependencia municipal. Ignora que lo aguardan tres mujeres que le expondrán su vida. Tal lo imaginó Alberto Cisnero para la obra teatral “La biblioteca. Walsh en San Cristóbal”.
Los falsos conflictos de una época pergeñan marbetes que luego se repiten sin cesar. Uno de los más virales: la nominación (ufana y oficinesca) de quiénes son los intelectuales comprometidos. El buenismo erudito que sigue inventando la rueda y se halla siempre en lo cierto, quiere a algunos escritores en la escena del crimen; ya como hermano, ya como guardián del hermano. Walsh nunca se dejó.
La denuncia explícita fue su extremo. De acuerdo a esa operación definió qué procedimientos literarios y retóricos emplearía. No optó por determinado tipo de literatura destinada a sectores recoletos (la papa pisada). En el teatro, la ficción, la prensa diaria y las cartas públicas, Walsh manifiesta un sentido claro en función de sus múltiples y diversos interlocutores; será el desocupado lector quien receptará (obviará o denostará) su práctica interpelativa del Poder: escribir, correr un riesgo físico, jamás un mero jobi cerrado sobre sí mismo.
Si algo nos enseñó la historia argentina es que se puede citar a cualquiera; estamos condenados a recurrir a las palabras; y por ende a los actos, porque la palabra supone la experiencia. En esa pequeña digresión todavía reside la diferencia del mundo.
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